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Archive for the ‘KARMA Y REENCARNACIÓN’ Category

Karma es una de las palabras utilizadas para designar el concepto de responsabilidad que uno tiene para con todas sus acciones, es decir la llamada ley de causa y efecto. Es una doctrina religiosa y filosófica, llamada de la reencarnación o de la trasmigración de las almas, de acuerdo con la cual éstas se encarnan después de la muerte en otros cuerpos de mayor o menor perfección, según los méritos alcanzados en la existencia anterior. Según su elección entre el bien y el mal, la persona elabora su Karma que determina su reencarnación, hasta alcanzar la liberación de la Rueda de la Vida. Según la necesidad de experiencias requeridas para el progreso y la evolución de cada uno, varían de vida en vida la situación social, capacidades físicas, mentales, sexo… Es importante saber que no todas las pruebas que encontramos en nuestra vida son de origen kármico. Si te interesara el tema existen muchos libros al respecto, y, así podrías sacar tus propias conclusiones, entre ellos hay unas lecturas de Edgar Cayce (1877–1945 nació en Hopkinsville, en el estado de Kentucky, considerado como uno de los más importantes psíquicos habidos en la historia, cuya vida y experiencias han sido recogidas en más de 300 libros.) que son muy interesantes; te hago un breve resumen de sus lecturas. Edgar Cayce realizó su primera lectura en 1901, acerca de un problema de salud que le concernía personalmente, pero el concepto de la reencarnación no apareció hasta 1923. La reencarnación es la creencia de que cada uno de nosotros pasa por vidas sucesivas, con el propósito de crecer en espíritu y de recobrar la plena conciencia de su naturaleza divina. El punto de vista de Cayce excluye la metempsicosis o transmigración de las almas, según la cual los humanos pueden reencarnarse en forma animal. Sin embargo, lo esencial no es quiénes hemos sido o qué hemos hecho antes, sino cómo reaccionamos frente a las oportunidades y a las pruebas que surgen ahora mismo, donde quiera que nos hallemos. En efecto, nuestras elecciones y conducta del momento, provenientes de nuestro libre albedrío, son las que realmente importan. La perspectiva de Cayce, como todos los que se planteen la doctrina de la reencarnación, abre horizontes casi ilimitados. La palabra “karma” es un término sánscrito que significa “obra, hecho o acto”. A menudo se le da el sentido de “causa y efecto”. Las lecturas concuerdan con esta acepción, pero añaden la noción filosófica inédita y exclusiva de que el karma puede definirse como una memoria. No se trata de una “deuda” que tenemos que pagar conforme a algún criterio universal, ni de una serie de experiencias determinadas por nuestras previas acciones, buenas o malas. El karma es una memoria, una fuente de información que incluye elementos “positivos” y otros aparentemente “negativos”. “Atraemos lo que es semejante a nosotros”. Esto implica que, algún día, tendremos experiencias análogas a las que nuestras elecciones han producido en la vida de otros. A diferencia de las doctrinas fatalistas que nos reservan una suerte inmutable, la teoría de Cayce asevera que somos dueños de nuestro destino. Las lecturas de Cayce, fueron dictadas entre 1901 y 1944.

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jesus-11-jpg1Si creyéramos que nuestra vida está limitada a una sola existencia, entonces sí carecería de sentido el sufrimiento y el dolor; pero si aceptamos la superación de una época adversa o de un mero contratiempo, si sabemos que está limitado a un espacio de tiempo, igualmente aceptaríamos los acontecimientos que afectan a toda un encarnación. ¿no te parece curioso que en un accidente de coche donde viajan cuatro personas, sólo una fallezca o tenga graves secuelas? ¿o en los accidentes de avión, cuando no le dan plaza a una determinada persona, esa persona se salva del accidente, o por el contrario, otra persona, sí que encuentra en último momento una plaza para ese vuelo y fallece? ¿Cuántas veces hemos visto cambios de último momento en cualquier circunstancia que ha sido favorable para unos y desfavorable para otros? Creo firmemente que todos nos iremos cuando hayamos terminado nuestra misión. La reencarnación es un concepto que figura en las grandes religiones del mundo y no se limita a las filosofías orientales. Profesa la tolerancia y la compasión, contesta numerosos interrogantes y da sentido hasta a los más mínimos aspectos de la existencia. Las reacciones kármicas no se producen siempre de modo inmediato, ya que una sola vida no es suficiente para alcanzar la Perfección. Todas las personas se reencarnan una y otra vez, esta es la razón de la aparente desigualdad entre los individuos, la causa de esto no hay que buscarla en un Dios que tenga preferencias, para Él todos somos iguales, sino en el propio Karma. Los pensamientos, palabras y acciones crean y resuelven el Karma y una de las maneras más sencillas de resolver el karma es aprender a atenuar el apego que uno tiene a actitudes y opiniones fijas que pueden o no ser verdad. La vida no es tan injusta como muchos pueden pensar, esta doctrina hace que seamos más tolerantes y comprensivos. Yo encuentro una razón kármica para casi todo y esto me hace sentir mucho mejor, además de intuir que existe una razón por las que los demás actúan de determinadas formas aunque yo no esté en principio de acuerdo con ellos. He nacido bajo el seno de una familia católica, por lo cual me considero católica por nacimiento y en su momento, el hecho de descubrir que fue en Concilio de Constantinopla, en el año 553, cuando se votó la supresión de la doctrina de la reencarnación de los textos bíblicos, digamos que me tranquilizó. Creo en Dios (yo lo llamo Dios, otras personas lo llaman Fuente, Creador, Energía, para mí es lo mismo, es el Todo, aunque lo designemos de manera diferente) de una manera ferviente, sin dudas, con una fe incondicional, pero no creo en un Dios castigador, creo en un Dios que actúe como un padre, enseñando amorosamente, no castigando; además me resultaba inadmisible, según me habían enseñado, que el hombre, practicase la virtud para obtener recompensa y rehuyese del pecado sólo por temor al castigo. Sería una postura hipócrita y la virtud no tendría ningún valor. Tal como yo lo entiendo, cada alma tiene que cumplir un ciclo definido de reencarnaciones, con períodos de existencia puramente espirituales entre cada encarnación. Durante nuestra permanencia en el reino espiritual, se nos muestran los errores que hemos cometido en la Tierra en nuestra vida anterior, que constituyen nuestra deuda Kármica y así tenemos la oportunidad de ver las desagradables consecuencias de las decisiones contrarias al amor. Por consiguiente, durante esa permanencia en las moradas del alma, nos preparamos para llevar una vida más noble en nuestra siguiente vida en la Tierra, trabajando en nuestro perfeccionamiento, llevando una vida más constructiva, que compense lo anterior.

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bebeCuando nace un nuevo ser, nos solemos preguntar cuál es el factor determinante para que nazca en un lugar del planeta, o en un hogar determinado, o con unos determinados padres; ya que en principio nos parece injusto el hecho de la aparente desigualdad existente entre los seres humanos. Para la naturaleza del nuevo ser que va ha nacer ser, el factor determinante es el karma. El alma será dirigida hacia un entorno propicio para que ese ser salde sus deudas kármicas. No es por casualidad que se nace en un determinado ambiente, familia, nacionalidad, etcétera. Nacemos para cumplir nuestra “misión”, para aprender ciertas lecciones, y para ello necesitamos nacer en el lugar adecuado, ya sea en una familia pobre, o rica, ignorante o culta, en un país o en otro, en resumen, todo lo que nos facilite el cumplimiento de esa misión o misiones en el transcurso de nuestra vida terrenal y, así proseguir nuestra evolución. Asimismo se nace en el entorno propicio para desarrollar los talentos que hemos adquirido en otras vidas y ahora poder perfeccionarlos. Si el alma tiene talento para la música, como consecuencia del trabajo realizado de antemano, nacerá en el ámbito familiar idóneo que por gusto o inclinación darán al ser una educación musical que le facilite desarrollarse en esa dirección. E igual sucedería con otros dones, ya que nuestros talentos, nuestras habilidades que aparentemente hacemos de modo natural, son consecuencias de esfuerzos realizados en vidas anteriores. Hemos tenido nuestras propias experiencias, estas experiencias han ido dejando su huella en nosotros, todo lo que hacemos y todo lo que nos hacen se acumula en el almacén de información llamado Archivo Akhásico. No hay un encuentro casual, ni una asociación que no sea importante para nuestro desarrollo. La reencarnación es la creencia de que cada uno de nosotros pasa por vidas sucesivas, con el propósito de crecer en espíritu y de recobrar la plena conciencia de su naturaleza divina. Según la necesidad de experiencias requeridas para el progreso y la evolución de cada uno, varían de vida en vida la situación social, capacidades físicas, mentales, sexo…

Es importante saber que NO todas las pruebas que encontramos en nuestra vida son de origen kármico. La influencia prenatal de los padres y, sobre todo la de la madre, tiene un marcado efecto en la determinación de la personalidad o esencia del alma que haya de encarnarse en el cuerpo que va a nacer.

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edgar-cayceEdgard Cayce murió el 5 de enero de 1945, llevándose un secreto que ni él mismo había podido penetrar y que le asustó toda la vida. La Fundación Edgar Cayce, de Virginia Beach, que cuenta con médicos y con psicólogos, prosigue el análisis de los legajos. El pequeño Edgard Cayce estaba muy enfermo. El médico rural estaba a la cabecera de su lecho. No había manera de sacar al muchacho de su estado de coma. De pronto, bruscamente, sonó la voz de Edgard, clara y tranquila. Y, sin embargo, dormía. «Le diré lo que tengo. He recibido un golpe en la columna vertebral con una pelota de béisbol. Hay que hacer una cataplasma especial y aplicármela en la base del cuello.» Con la misma voz, el chiquillo dictó la lista de plantas que había que mezclar y preparar. «Deprisa, pues el cerebro está en peligro de ser alcanzado.» Por si acaso, le obedecieron. Por la noche, había cedido la fiebre. Al día siguiente, Edgard se levantó, fresco como una lechuga. No se acordaba de nada. Ignoraba la mayoría de las plantas que había mencionado. Así comenzaba una de las historias más asombrosas de la medicina. Cayce, campesino de Kentucky, completamente ignorante, poco inclinado a usar su don, y que lamentaba sin cesar de no ser «como todo el mundo», cuidará y curará, en estado de sueño hipnótico, a más de quince mil enfermos, debidamente homologados. Obrero agrícola en la granja de uno de sus tíos, después dependiente de una librería de Hopkinsville y por último dueño de una tiendecita de fotografía donde se propone pasar tranquilamente sus días, hace de taumaturgo contra su voluntad. Su amigo de la infancia, Al Layne, y su novia Gertrudis, unirán sus fuerzas para obligarle. Y no por ambición, sino porque no tiene derecho a guardarse su poder, a negarse a ayudar a los afligidos. Al Layne es un tipo enfermizo, siempre está malo. Cayce consiente en dormirse: describe los males y dicta los remedios. Cuando se despierta exclama: «Esto no es posible; no conozco la mitad de las palabras que has anotado. ¡No tomes esas drogas, es peligroso! No comprendo nada. ¡Todo esto es cosa de magia!» Se niega a volver a ver a Al y se encierra en su gabinete de fotografía. Ocho días más tarde, Al llama a su puerta: jamás se ha encontrado tan bien. La pequeña ciudad se conmueve; todos quieren consultarle. «No voy a ponerme a curar a la gente porque hablo en sueños.» Acaba por aceptar, con la condición de no ver a los pacientes, por miedo de que, al conocerlos, su juicio se vea influido; con la condición de que algún médico asista a las sesiones; con la condición de no cobrar un céntimo y no recibir siquiera el menor regalo. Los diagnósticos y las prescripciones formulados en estado hipnótico son de una precisión y sutileza tales, que los médicos están convencidos de que se trata de un colega disfrazado de curandero. Limita sus sesiones a dos por día. No es que tema la fatiga, pues sale de sus sueños muy descansado. Es que quiere seguir siendo fotógrafo. No trata en absoluto de adquirir conocimientos médicos. No lee nada, continúa siendo el hijo de unos campesinos, provisto de un vago certificado de estudios. Y se rebela contra su extraña facultad. Pero, en cuanto decide dejar de emplearla, se queda afónico.
Un magnate de los ferrocarriles americanos, James Andrews, acude a consultarle. Le prescribe, en estado de hipnosis, una serie de drogas y, entre ellas, cierta agua de orvale. No hay manera de encontrar este remedio. Andrews hace publicar anuncios en las revistas médicas, sin resultado. En el curso de otra sesión, Cayce dicta la composición de aquel agua, extremadamente complicada. Después, Andrews recibe una respuesta de un joven médico parisiense; el padre de este francés, que también era médico, había elaborado el agua de orvale, pero había dejado de explotarla hacía cincuenta años. La composición era idéntica a la «soñada» por el modesto fotógrafo. El secretario local del Sindicato de Médicos se apasiona por el caso Cayce. Convoca un comité de tres miembros, que asiste a todas las sesiones, estupefacto. El Sindicato General Americano reconoce las facultades de Cayce y le autoriza oficialmente a realizar «consultas psíquicas». Cayce se ha casado. Tiene un hijo de ocho años, Hugh Lynn. El niño, jugando con unas cerillas, provoca la explosión de un depósito de magnesio. Los médicos pronostican la ceguera total en plazo breve y recomiendan la ablación de un ojo. Aterrorizado, Cayce se sume en uno de sus sueños. En estado hipnótico, se pronuncia contra la ablación y prescribe quince días de aplicación de compresas de ácido tánico. Según los especialistas es una locura. Y Cayce, presa de los mayores tormentos, apenas se atreve a desoír sus consejos. Al cabo de quince días, Hugh Lynn está curado. Un día, después de una consulta, sigue dormido y dicta, una tras otra, cuatro recetas muy precisas. No se sabe a quién pueden referirse, y es que han sido formuladas por anticipado para los cuatro próximos enfermos. En el curso de una sesión, prescribe un medicamento al que llama «Codirón» y da la dirección de un laboratorio de Chicago. Llaman por teléfono. «¿Cómo pueden haber oído hablar del “Codirón”? Todavía no ha sido puesto a la venta. Precisamente acabamos de realizar la fórmula y de ponerle el nombre.» Cayce, aquejado de una enfermedad incurable que sólo él conoce, muere el día y a la hora que había anunciado: «El cinco por la noche, estaré definitivamente curado.» Curado del mal de ser «algo distinto».
Interrogado durante su sueño sobre su manera de proceder, había declarado (sin acordarse de nada al despertar, como de costumbre) que se hallaba en condiciones de ponerse en contacto con cualquier cerebro humano viviente y de utilizar las informaciones contenidas en aquel o en aquellos cerebros para dar el diagnóstico y el tratamiento de los casos que se le presentaban. Era tal vez una inteligencia diferente la que entonces se animaba en Cayce, y que utilizaba todos los conocimientos de la Humanidad, como se utiliza una biblioteca, pero casi instantáneamente, o al menos a la velocidad de la luz o de la electromagnética. Pero nada nos permite explicar el caso de Edgard Cayce, de esta manera o de otra. Lo único que se sabe cierto es que un fotógrafo de pueblo, sin curiosidad ni cultura, podía ponerse, a voluntad, en un estado en que su espíritu funcionaba como el de un médico genial, o mejor, como todos los espíritus de todos los médicos juntos. (texto extraído del libro El retorno de los brujos)

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Y, como sé que se suele dar por  “bueno” o solemos dar más “credibilidad” a las opiniones  de los que consideramos importantes o famosos aunque nos sean desconocidos; citaré  reflexiones de otras personas que seguro habrás oído hablar de ellas.

“El secreto de este mundo es que todas las cosas subsisten sin morir jamás; no hacen más que alejarse de nuestra vista para volver después… Nada muere. Los humanos aparentan estar muertos, pero miran tras la ventana, en excelente forma, vestidos con un nuevo y extraño vestido. Jesús no ha muerto. Está totalmente vivo. Juan, Pablo, Mahoma, Aristóteles no han muerto jamás. Ocurre algunas veces que nos parece haberles visto y podríamos decir fácilmente los nombres bajo los que se ocultan”
Este texto corresponde a Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891), lider religiosa estadounidense de origen ruso que fundó un sistema filosófico-religioso conocido por el nombre de teosofía.

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pitagoras

Y, como sé que se suele dar por  “bueno” o solemos dar más “credibilidad” a las opiniones  de los que consideramos importantes o famosos aunque nos sean desconocidos; citaré  reflexiones de otras personas que seguro habrás oído hablar de ellas.

“Necesitamos muchas vidas, revestirnos de múltiples cuerpos, nacer y morir y volver a nacer muchas veces para llegar al fin último de la perfección que es el que los dioses nos reservan. Esta ley de vidas sucesivas da la adecuada explicación a todas las desiguales manifestaciones de nuestra existencia”.
Palabras de Pitágoras de Samos, el filósofo y matemático griego, nacido aproximadamente en 582 adC – 500 a.C.)

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Y, como sé que se suele dar por  “bueno” o solemos dar más “credibilidad” a las opiniones  de los que consideramos importantes o famosos aunque nos sean desconocidos; citaré  reflexiones de otras personas que seguro habrás oído hablar de ellas.

“Si es preciso consagrar una vida entera para dominar las ciencias físicas, ¿cuántas vidas serían necesarias para dominar el Amor, la más grande fuerza espiritual que la humanidad haya conocido?. Es la única cosa permanente que sustenta la existencia humana. Puesto que no hay otra cosa más importante, no serán vanos los esfuerzos que se dediquen a esta materia. Habiendo rechazado la espada, sólo puedo ofrecer a los que se oponen a mí, la copa del amor. Al ofrecerles esta copa espero atraerlos hacia mí. Soy incapaz de pensar en una hostilidad permanente entre el hombre y el hombre y, creyendo como lo hago en la teoría de la reencarnación, vivo en la esperanza -si no en esta vida, al menos en algún otro nacimiento- de poder abrazar a la humanidad entera en un fraternal abrazo”.
Palabras de Sarvepalli Radhakrisnan (1888-1975), filósofo, diplomático y segundo presidente de la India.

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