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Posts Tagged ‘Edgard Cayce’

ANCIANIDAD

 

Nunca está de más parar un momento para hacer algunas reflexiones, hoy me voy a centrar en la vejez. Empecé mi libro con esta frase: Dicen que una persona es sabia cuando aprende de los errores de los demás, ojalá tú seas una de estas personas…

Dice un proverbio hindú que la vejez empieza cuando los recuerdos pesan más que las esperanzas.

Llegar a la vejez es una cuestión de tiempo, quizás no esté de más ir conociendo el camino que nos lleva a ella y, como dice el refrán: cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar. Seamos sabios y hagamos caso de las conclusiones de los que ya han atravesado ese camino. La experiencia no es lo que te sucede, sino lo que haces con lo que te sucede. (Aldous Huxley)

Comienza a manifestarse la madurez cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros mismos. (Einsten)

Y, las personas en la edad madura, ya deben haberse dado cuenta de que el tiempo te va demostrando quién vale la pena y quién no. Te va demostrando a quién le importas y a quién dejaste de importar. El tiempo te va demostrando quién cree en ti y quién nunca lo hizo. Valora a aquellos a quién todavía le importas.

No te cuestiones, lo habrás hecho lo mejor posible, hemos venido a aprender. Tu mejor maestro es tu último error. (Ralph Nader)

SOLEDAD

Pero sobre todo nunca temas a la soledad, solo nacemos y solos morimos. El sentimiento de soledad sólo aparece en nuestra especie. La valía de un hombre se mide por la cuantía de soledad que es capaz de soportar. No te apenes si estás solo, el tener alguien a tu lado no significa estar acompañado. Shopenhauer dijo: la soledad es el patrimonio de las almas extraordinarias.

La valía de un hombre se mide por la cuantía de soledad que le es posible soportar. ( Niestzsche)

Siempre se ha dicho que más vale estar solo que mal acompañado, quizás sea el momento en que le digas a alguien: estoy haciendo varios cambios en mi vida si no sabes nada de mi tu eres uno de ellos. Nadie puede volver atrás y empezar de nuevo, pero cualquiera puede empezar hoy y crear un nuevo final. (María Robinson)

Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo. (TOLSTOI) ¿será hoy el día en que nos cambiemos a nosotros mismos? Nunca digas que no puedes, pues la diferencia entre lo posible y lo imposible, es la medida de tu voluntad.

Poco bueno habrá hecho en su vida el que no sepa de ingratitudes. (Jacinto Benavente)

No te preocupes por las personas de tu pasado, hay una razón por la que no llegaron a tu futuro. (Paulo Coelho)

Solía pensar que la peor cosa en la vida era terminar solo. No lo es. Lo peor de la vida es terminar con alguien que te hace sentir solo. (Robin Williams)

Jamás pienses que la vida es injusta, hay una razón para que ocurran las cosas, piensa que no hay árbol que el viento no haya sacudido (proverbio hindú). Te recuerdo los cuatros principios o leyes espirituales que se imparten el la India:

La primera ley dice: ¡La persona que llega es la persona correcta!

La segunda ley dice: ¡Lo que sucede es la única cosa que podía haber sucedido!

La tercera ley dice: ¡En cualquier momento que comience es el momento correcto!

Y.… la cuarta ley dice: ¡Cuando algo termina, termina!

VEJEZ

REFLEXIONES

El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad (Gabriel García Márquez)

Todos deseamos llegar a viejos, y todos negamos que hemos llegado (Francisco de Quevedo)

Las arrugas del espíritu nos hacen más viejos que las de la cara (Michel de Montaigne)

El viejo no puede hacer lo que hace un joven; pero lo que hace es mejor (Cicerón)

Un hombre no es viejo hasta que comienza a quejarse en vez de soñar (John Barrymore)

Viejo es quien considera que su tarea está cumplida. El que se levanta sin metas y se acuesta sin esperanzas, (anónimo)

Los que en realidad aman la vida son aquellos que están envejeciendo (Sóflocles)

El joven conoce las reglas, pero el viejo conoce las excepciones (Oliver W. Holmes)

Un hombre no envejece cuando se le arruga la piel sino cuando se le arrugan sus sueños y sus esperanzas.

En la juventud aprendemos, en la vejez entendemos. (Marie von Ebner Eschenbach)

Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre y la vista más amplia y serena. (Ingmar Bergman)

Envejecer es todavía el único medio que se ha encontrado para vivir mucho tiempo. (Charles A. Saint-Beuve)

Los cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario. (A. Shopenhauer)

Nada nos hace envejecer con mayor rapidez que el pensar incesantemente en que nos hacemos viejos. (G. H. Lichtenberg)

RUEDA

Y, como de todos es sabido que la mayoría de las personas “aceptan” y les resultan más ciertas o creíbles las sentencias u opiniones de personas que son famosas o que destacan en algún campo, no necesariamente el cultural, ya que la Universidad de la Vida es tan válida como una preparación académica. Sugiero que le dediquéis unos minutos para leer las reflexiones de personas que creyeron firmemente que esta vida no es el final, y que con un poco de suerte podremos hacerlo mejor en nuestras sucesivas reencarnaciones, algo que comparto al cien por cien. Como, por ejemplo; Pitágoras, Benjamin Franklin, Blavatsky, Edgard Cayce, Federico II el Grande, Khalil Gibran etc.

Las podréis encontrar en la categoría de Karma y Reencarnación

 

“Necesitamos muchas vidas, revestirnos de múltiples cuerpos, nacer y morir y volver a nacer muchas veces para llegar al fin último de la perfección que es el que los dioses nos reservan. Esta ley de vidas sucesivas da la adecuada explicación a todas las desiguales manifestaciones de nuestra existencia”. Palabras de Pitágoras de Samos, el filósofo y matemático griego, nacido aproximadamente en 582 a. DC –  500 a.C.)

 

Una preciosa canción para escuchar: La Vejez de Alberto Cortéz

Read Full Post »

edgar-cayceEdgard Cayce murió el 5 de enero de 1945, llevándose un secreto que ni él mismo había podido penetrar y que le asustó toda la vida. La Fundación Edgar Cayce, de Virginia Beach, que cuenta con médicos y con psicólogos, prosigue el análisis de los legajos. El pequeño Edgard Cayce estaba muy enfermo. El médico rural estaba a la cabecera de su lecho. No había manera de sacar al muchacho de su estado de coma. De pronto, bruscamente, sonó la voz de Edgard, clara y tranquila. Y, sin embargo, dormía. «Le diré lo que tengo. He recibido un golpe en la columna vertebral con una pelota de béisbol. Hay que hacer una cataplasma especial y aplicármela en la base del cuello.» Con la misma voz, el chiquillo dictó la lista de plantas que había que mezclar y preparar. «Deprisa, pues el cerebro está en peligro de ser alcanzado.» Por si acaso, le obedecieron. Por la noche, había cedido la fiebre. Al día siguiente, Edgard se levantó, fresco como una lechuga. No se acordaba de nada. Ignoraba la mayoría de las plantas que había mencionado. Así comenzaba una de las historias más asombrosas de la medicina. Cayce, campesino de Kentucky, completamente ignorante, poco inclinado a usar su don, y que lamentaba sin cesar de no ser «como todo el mundo», cuidará y curará, en estado de sueño hipnótico, a más de quince mil enfermos, debidamente homologados. Obrero agrícola en la granja de uno de sus tíos, después dependiente de una librería de Hopkinsville y por último dueño de una tiendecita de fotografía donde se propone pasar tranquilamente sus días, hace de taumaturgo contra su voluntad. Su amigo de la infancia, Al Layne, y su novia Gertrudis, unirán sus fuerzas para obligarle. Y no por ambición, sino porque no tiene derecho a guardarse su poder, a negarse a ayudar a los afligidos. Al Layne es un tipo enfermizo, siempre está malo. Cayce consiente en dormirse: describe los males y dicta los remedios. Cuando se despierta exclama: «Esto no es posible; no conozco la mitad de las palabras que has anotado. ¡No tomes esas drogas, es peligroso! No comprendo nada. ¡Todo esto es cosa de magia!» Se niega a volver a ver a Al y se encierra en su gabinete de fotografía. Ocho días más tarde, Al llama a su puerta: jamás se ha encontrado tan bien. La pequeña ciudad se conmueve; todos quieren consultarle. «No voy a ponerme a curar a la gente porque hablo en sueños.» Acaba por aceptar, con la condición de no ver a los pacientes, por miedo de que, al conocerlos, su juicio se vea influido; con la condición de que algún médico asista a las sesiones; con la condición de no cobrar un céntimo y no recibir siquiera el menor regalo. Los diagnósticos y las prescripciones formulados en estado hipnótico son de una precisión y sutileza tales, que los médicos están convencidos de que se trata de un colega disfrazado de curandero. Limita sus sesiones a dos por día. No es que tema la fatiga, pues sale de sus sueños muy descansado. Es que quiere seguir siendo fotógrafo. No trata en absoluto de adquirir conocimientos médicos. No lee nada, continúa siendo el hijo de unos campesinos, provisto de un vago certificado de estudios. Y se rebela contra su extraña facultad. Pero, en cuanto decide dejar de emplearla, se queda afónico.
Un magnate de los ferrocarriles americanos, James Andrews, acude a consultarle. Le prescribe, en estado de hipnosis, una serie de drogas y, entre ellas, cierta agua de orvale. No hay manera de encontrar este remedio. Andrews hace publicar anuncios en las revistas médicas, sin resultado. En el curso de otra sesión, Cayce dicta la composición de aquel agua, extremadamente complicada. Después, Andrews recibe una respuesta de un joven médico parisiense; el padre de este francés, que también era médico, había elaborado el agua de orvale, pero había dejado de explotarla hacía cincuenta años. La composición era idéntica a la «soñada» por el modesto fotógrafo. El secretario local del Sindicato de Médicos se apasiona por el caso Cayce. Convoca un comité de tres miembros, que asiste a todas las sesiones, estupefacto. El Sindicato General Americano reconoce las facultades de Cayce y le autoriza oficialmente a realizar «consultas psíquicas». Cayce se ha casado. Tiene un hijo de ocho años, Hugh Lynn. El niño, jugando con unas cerillas, provoca la explosión de un depósito de magnesio. Los médicos pronostican la ceguera total en plazo breve y recomiendan la ablación de un ojo. Aterrorizado, Cayce se sume en uno de sus sueños. En estado hipnótico, se pronuncia contra la ablación y prescribe quince días de aplicación de compresas de ácido tánico. Según los especialistas es una locura. Y Cayce, presa de los mayores tormentos, apenas se atreve a desoír sus consejos. Al cabo de quince días, Hugh Lynn está curado. Un día, después de una consulta, sigue dormido y dicta, una tras otra, cuatro recetas muy precisas. No se sabe a quién pueden referirse, y es que han sido formuladas por anticipado para los cuatro próximos enfermos. En el curso de una sesión, prescribe un medicamento al que llama «Codirón» y da la dirección de un laboratorio de Chicago. Llaman por teléfono. «¿Cómo pueden haber oído hablar del “Codirón”? Todavía no ha sido puesto a la venta. Precisamente acabamos de realizar la fórmula y de ponerle el nombre.» Cayce, aquejado de una enfermedad incurable que sólo él conoce, muere el día y a la hora que había anunciado: «El cinco por la noche, estaré definitivamente curado.» Curado del mal de ser «algo distinto».
Interrogado durante su sueño sobre su manera de proceder, había declarado (sin acordarse de nada al despertar, como de costumbre) que se hallaba en condiciones de ponerse en contacto con cualquier cerebro humano viviente y de utilizar las informaciones contenidas en aquel o en aquellos cerebros para dar el diagnóstico y el tratamiento de los casos que se le presentaban. Era tal vez una inteligencia diferente la que entonces se animaba en Cayce, y que utilizaba todos los conocimientos de la Humanidad, como se utiliza una biblioteca, pero casi instantáneamente, o al menos a la velocidad de la luz o de la electromagnética. Pero nada nos permite explicar el caso de Edgard Cayce, de esta manera o de otra. Lo único que se sabe cierto es que un fotógrafo de pueblo, sin curiosidad ni cultura, podía ponerse, a voluntad, en un estado en que su espíritu funcionaba como el de un médico genial, o mejor, como todos los espíritus de todos los médicos juntos. (texto extraído del libro El retorno de los brujos)

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