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Por interesante y curioso, transcribo este artículo sobre la recolección de te escrito por una querida amiga, Carmen Gómez Menor publicado en el periódico El Mundo el día 8 de febrero de 2010.

Una historia que parece sacada de un cuento infantil, por la que sólo las manos enguantadas de una doncella virgen podían cortar el té de los emperadores, perdura hoy en unos de los confines más bellos de Asia. Hablamos de la plantación de té Handunugoda en Sri Lanka, donde se ha revivido una antigua tradición china de los siglos V y VI d.C.

Se dice que la refinada corte china contaba entre sus manjares más preciados un té que sólo tocaban los labios del emperador gracias a un estricto proceso de cultivo y recogida. El té debía ser cultivado por mujeres vírgenes, que cortaban las hojas con tijeras de oro y las dejaban caer en un cuenco dorado, ofreciéndolo después como tributo al emperador y evitando en el proceso cualquier contacto con parte alguna de la anatomía humana.

Iván, uno de los guías en Handunugoda, cuenta con mirada pícara la dificultad de mantener viva esta tradición y puntualiza que, al menos, las mujeres que recogen el té en su plantación han de ser solteras «a las que se les presupone la virginidad». Pero la parte de la tradición que siguen a rajatabla es la de evitar que el té entre en contacto con parte alguna del cuerpo humano. El propietario de la plantación, Malinga Gunaratne, tuvo la idea de revivir esta práctica al visitar a un famoso especialista en perfumes o nariz en Grasse, al sur de Francia, que tenía en su mesa pequeñas bolsitas de jazmín de 15 países diferentes.

Al preguntarle si el jazmín era diferente en cada país, la respuesta del francés fue: “Por supuesto, la diferencia está en el sudor de las manos que recogen el jazmín, y que impregnan la planta con la mezcla resultante de los hábitos alimenticios de los recolectores”. Así fue como Gunaratne pensó que los mandarines debían conocer esta teoría al emplear vírgenes y evitar todo contacto con el sudor y los aceites del cuerpo en la recogida del té, y al regresar a Sri Lanka empleó té blanco para esta variedad bautizándolo como Kilburn Imperial, más conocido como Té Blanco Virgen.

Un té de 520 euros

Estudios de laboratorio realizados por la prestigiosa empresa Suiza SGS ponen de manifiesto las altas propiedades anti-oxidantes de la planta, carente de insecticidas o pesticidas y con un contenido en cafeína muy bajo. El precio, digno de tal prestigio, está alrededor de los 520 euros el kilo (o a casi un euro por taza si se compran cantidades más pequeñas), muy por encima del precio de un té normal y que lo hacen acreedor del título de té más caro del mundo. Su producción, limitada a 48 kilos al año, convierte a este té en un lujo sólo al alcance de los emperadores del mundo moderno.

El tiempo parece haberse detenido en las antiguas mansiones coloniales hoy reconvertidas en hoteles

Las plantaciones de té se han convertido en uno de los mayores reclamos turísticos de Sri Lanka. Fueron los británicos, que llegaron tras los portugueses y holandeses atraídos por las valiosas especias de la entonces llamada Ceilán, quienes introdujeron el cultivo en Sri Lanka a mediados del siglo XIX. El tiempo parece haberse detenido en las antiguas mansiones coloniales hoy reconvertidas en hoteles, y no es difícil imaginarse a los oficiales británicos sentados en el porche degustando el té de las cinco, mientras en la distancia los recolectores de té hacían un trabajo manual que apenas ha variado desde entonces.

Handunugoda se encuentra a unos 40 minutos en coche de Galle, una pequeña ciudad portuaria al sudoeste de Sri Lanka famosa por sus playas y su sabor colonial. La mejor manera de llegar a Galle desde la capital, Colombo, es hacerlo en un tren que parece sacado de otra época, pero cuya sencillez se ve superada con creces por la espectacularidad del paisaje. Las vías bordean la costa en la mayor parte del camino acercándose tanto al mar que, durante el tsunami que asoló Sri Lanka y otros países asiáticos en 2004, la mayoría de los pasajeros del convoy perdieron la vida al ser arrastrados por la gigantesca ola.

La entrada en Galle es de las que no se olvidan: el mar golpeando la costa poblada de palmeras rendidas al viento dando paso a la majestuosa fortaleza construida por los holandeses en el siglo XVII. Tres días en Galle son suficientes para explorar la ciudad y sus alrededores.

La plantación de té de Handunugoda está abierta al público y durante la visita se pueden degustar casi todos los tés que cultivan, así como comprar el que, probablemente, sea el té más puro del mundo.

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