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Posts Tagged ‘Sabio’

ROSACRUZEl sendero hacia el conocimiento directo no es fácil. Nada realmente valioso se obtiene sin esfuerzo. Nunca se repetirá demasiado que no existen cosas tales como “dones” o “suerte”. Todo lo que uno tiene es el resultado del esfuerzo. Lo que a uno le falta en comparación con otro, está latente en sí mismo y puede desarrollarse empleando los medios apropiados. Si aquel que ha comprendido bien este concepto preguntara qué es lo que debe hacer para obtener el conocimiento directo, el siguiente relato le dará la idea fundamental del ocultismo.

Un joven fue a ver un sabio cierto día y le preguntó: señor, ¿qué debo hacer para convertirme en un sabio? El sabio no contestó. El joven, después de haber repetido su pregunta cierto número de veces con parecido resultado, lo dejó y volvió al siguiente día con la misma demanda. No obtuvo tampoco contestación alguna, y entonces volvió por tercera vez y repitió su pregunta: ¿qué debo hacer para convertirme en un sabio?

Finalmente el sabio lo atendió y se dirigió a un río que por allí corría. Entró en el agua llevando al joven de la mano. Cuando alcanzaron cierta profundidad, el sabio se apoyó en los hombros del joven y lo sumergió en el agua, a pesar de sus esfuerzos para desasirse de él. Al fin lo dejó salir, y cuando el joven hubo recuperado el aliento, el sabio interrogó:

Hijo mío, cuando estabas bajo el agua, ¿qué era lo que más deseabas?

Sin vacilar contestó el joven: aire, quería aire.

No hubieras preferido mejor riquezas, placeres, poderes o amor? ¿No pensaste en ninguna de esas cosas?

No, señor, deseaba aire y sólo pensaba en el aire que me faltaba – fue la inmediata respuesta.

Entonces, dijo el sabio, para convertirte en un sabio debes desear la sabiduría con la misma intensidad con que deseabas el aire. Debes luchar por ella y excluir todo otro fin de tu vida. Debe ser tú sola y única aspiración, día y noche. Si buscas la sabiduría con ese fervor, seguramente te convertirás en un sabio.

Este es el primer requisito fundamental que todo aspirante al conocimiento oculto debe poseer: un deseo ardiente, una sed abrasadora de conocimiento oculto; pero debe ser con un deseo intenso de ayudar a la humanidad, un olvido completo de sí mismo para trabajar para los demás.

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CÍRCULO DEL 99

99Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente que era muy feliz. Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al rey, cantando y tarareando alegres canciones de juglares. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre. Un día el rey lo mandó a llamar.

Paje, le dijo – ¿Cuál es el secreto? – ¿Qué secreto, Majestad? – ¿Cuál es el secreto de tu alegría?
– No hay ningún secreto, Alteza. – No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira. – No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto. – ¿Por qué estás siempre alegre y feliz? Eh, ¿porqué?

– Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la Corte nos ha asignado, estamos vestidos y alimentados y además, su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos. ¿Cómo no estar feliz?
– Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar – dijo el rey. Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado. – Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando… ¡Vete, vete antes de que llame al verdugo!

El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba como loco. No consiguió explicarse como el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.
– ¿Porqué él es feliz?
– Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.
– ¿Fuera del círculo?
– Así es.
– ¿Y eso es lo que lo hace feliz?
No Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.
– A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz.
– Así es.
– ¿Y cómo salió?
– Nunca entró
– ¿Qué círculo es ese?
– El círculo del 99.
– Verdaderamente, no te entiendo nada.
– La única manera para que entendieras, sería mostrártelo en los hechos.
– ¿Cómo?
– Haciendo entrar a tu paje en el círculo.
– Eso, obliguémoslo a entrar.
– No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.
– Entonces habrá que engañarlo.
– No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrará solito.
– ¿Solito? ¿Pero él no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?
– Si se dará cuenta.
– ¡Entonces no entrará!
– No lo podrá evitar.
– ¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos
modos entrará en él y no podrá salir?
– Tal cual Majestad; ¿está dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo? – Sí.
– Bien, esta noche le pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro,
ni una más ni una menos.
– ¡99! ¿Qué más? ¿Llevo los guardias por si acaso?
– Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.
Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se
ocultaron, junto a la casa del paje.
Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la
bolsa y le pinchó un papel que decía: “Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie como lo encontraste”
Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban, para ver lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el
papel, agitó la bolsa y al escuchar sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró
hacia todos lados y cerró la puerta.
El rey y el sabio se arrimaron a la ventana para ver la escena. El sirviente había tirado todo lo que había
sobre la mesa y dejado sólo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido en la mesa. Sus ojos no
podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas de oro! Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenía hoy una montaña de ellas para él.
El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacia brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y
desparramaba, hacía pilas de monedas. Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas. Una
pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco… y mientras sumaba 10, 20,30, 40, 50, 60… hasta
que formó la última pila: ¡¡99 monedas!!. Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más;
luego en el piso y finalmente en la bolsa.
“No puede ser”, pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.
– Me robaron -gritó- ¡¡me robaron, malditos!!
Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente
le recordaba que había 99 monedas de oro… sólo 99.
– “99 monedas. Es mucho dinero”, pensó. – “Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un número completo” -pensaba- “Cien es un número completo pero noventa y nueve, no.”
El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus. El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien
de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña.
Tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos.
¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número cien? Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después, quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario.
Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero. ¡Era demasiado tiempo! Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comidas todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más comida habría para vender.
Vender… Vender… Estaba haciendo calor. ¿Para qué tanta ropa de invierno, para qué más de un par de zapatos? Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.
El rey y el sabio volvieron al palacio. El paje había entrado en el círculo del 99.
Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando de pocas pulgas.
– ¿Qué te pasa?- preguntó el rey de buen modo.
– Nada me pasa, nada me pasa.
– Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
– Hago mi trabajo, ¿no? ¿Que querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?
No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.

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PirámidesUn turista ávido de conocimiento buscaba incansablemente a través de medio mundo personas sabias de quien aprender las enseñanzas de la vida. En cierta ocasión llegó a la ciudad de El Cairo buscando a un sabio de quien le habían hablado, así fue a visitarle y quedó sorprendido de la austeridad de la vivienda de tan famoso sabio. Constaba de una única estancia con una cama, una mesa, una silla y muchos libros apilados en una estantería. ¿dónde están sus muebles? Preguntó. El sabio inmediatamente también preguntó: ¿y dónde están los suyos? ¿los míos? Se sorprendió el turista. ¡pero si yo estoy aquí solamente de paso! Yo también.. le dijo el sabio.
Todo lo material es temporal, aunque algunos se empeñen en vivir como si fueran a quedarse aquí eternamente olvidándose de las cosas que de verdad dan la felicidad.

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portada-despierta1Dicen que una persona es sabia cuando aprende de los errores de los demás, ojalá tú seas una de estas personas. A mí me hubiera gustado que alguien me indicara que existían otras posibilidades, pero yo estaba rodeada de almas escépticas al respecto de una verdad diferente y la visión que tiene el escéptico del conocimiento superior es muy limitada; algo imposible de explicar a alguien que no tenga la amplitud de criterio suficiente para, por lo menos considerar tal posibilidad; y, yo sí estaba abierta a otras posibilidades. En ocasiones el estudiar hechos dudosos, pueden conducirnos a hechos verdaderos. La sabiduría no es comunicable, el conocimiento sí; a mí me gustaría facilitar tu “camino”. Todo lo que te voy a contar es el producto de mucho tiempo de inquietud, de dudas, de preguntas sin respuestas, del cómo y el por qué, y a pesar de estar de acuerdo con este aforismo…
Sé reservado. Si ofreces libremente tus consejos, pueden caer en oídos sordos o en mentes cerradas. Tu experiencia y tus juicios tienen mayor valor cuando se te solicitan ( Susurros del Ser, Validivar)
sigo adelante con mi humilde opinión o visión de las cosas, ya que sería un atrevimiento por mi parte llamarlos consejos. Desde que nací estuve atenta a todo lo que me decían, siempre he sido una persona que tenía muchas preguntas por hacer y las respuestas si bien las fui almacenando nunca me convencían. Escuché a mis padres, a mis amigos, a mi familia en general, a las personas mayores, que supuestamente sabían mucho más que yo, pero mi Yo interior, del que mucha gente habla y nadie te dice cómo llegar a él, me indicaba que lo que yo buscaba, no lo encontraría así de fácil, porque ellos me contaban “su verdad”, la verdad que les habían enseñado y que ellos no habían ni siquiera cuestionado; y si lo hubieran hecho, no hubieran obtenido respuestas, ya que la época no contribuía para tales cuestiones; pocas personas (por lo menos cerca de mí) poseían una mente dispuesta a explorar verdades diferentes; sin embargo yo sí que estaba dispuesta a escuchar las respuestas más disparatadas, más increíbles, más poco probables, estaba dispuesta a encontrar las respuestas en cualquier parte y todo era digno de tenerlo en cuenta, yo quería ir en “Búsqueda de la Verdad”. “El que quiera instruirse debe primeramente saber dudar, pues la duda del espíritu conduce a la manifestación de la verdad” (Aristóteles, libro segundo de la metafísica) Me di cuenta que no es fundamental estar de acuerdo con las creencias de los demás, pero sí que se debía respetar su derecho a tenerlas, y lo mismo pedía para mí. Creo que tenemos que exigir nuestra oportunidad para desarrollarnos en cualquier sentido, y nadie puede o debe obstaculizar esa oportunidad. No hace tanto tiempo, teníamos muy poca libertad acerca de varias cosas, la principal, era el libre pensamiento; actualmente, para tu bien, todo ha cambiado, tú puedes ser un libre pensador y nadie te mirará como un bicho raro; utiliza sabiamente tu libertad y explora. Yo tenía y tengo la capacidad de dar nacimiento a lo nuevo sin rechazar lo viejo, una poderosa intuición, y la capacidad de desapegarme de las ideas que considero como poco, cuestionables. Creía que no podía ser honesta en mis convicciones, sin averiguar otros puntos de vista, y mis deseos de “explorar” eran infinitos. Dicen que admitir la ignorancia, es el primer paso hacia la adquisición del conocimiento y me sentía y aún hoy me siento de lo más ignorante… así, que cuando escuchaba algo bastante improbable para la mayoría, me decía a mí misma ¿por qué no? “Sólo lo fantástico tiene posibilidades de ser verdadero” (Teilhard de Chardin) Mi alma entendía, sabía, lo que mi mente podría en un principio rechazar. Todos parece ser que tenemos el mismo objetivo en la vida: ser feliz. Pero la “felicidad” es personal y cada uno busca su camino para encontrarla, para mí encontrar “mi verdad” era un camino para lograrlo. Obviamente, yo entendía que cuando leía acerca de mi “Yo interior”, debían referirse a la divinidad que hay en todos nosotros, a las palabras de Jesucristo cuando decía que nos había hecho a su imagen y semejanza. ¿y dónde encontrar tales respuestas sino en mi interior? Pascal dijo: A las cosas terrenas, hay que conocerlas para amarlas; a las cosas divinas, hay que amarlas para conocerlas.

Cuenta una vieja leyenda hindú que hubo un tiempo en que todos los hombres eran dioses, pero abusaron de su divinidad, y entonces Brahma, el dios supremo, decidió despojarlos de su poder divino y ocultarlo en un sitio de donde sería imposible que lo recuperaran. El gran problema fue encontrar un buen escondite. Se convocó a los dioses menores a reunirse en asamblea para resolver ese problema, y propusieron lo siguiente: Enterremos la divinidad del hombre en la tierra. Pero Brahma respondió: No, eso no sería suficiente, porque el hombre podría excavar y recuperarla. Entonces los dioses contestaron: En ese caso, arrojemos la divinidad del hombre en lo más profundo de los océanos. Y Brahma respondió de nuevo: No, porque más tarde o más temprano el hombre explorará las profundidades de todos los océanos, y seguramente un día la encontraría y la traería a la superficie. Entonces los dioses menores concluyeron: No conocemos realmente un sitio donde esconder la divinidad humana. Parece no existir ningún lugar sobre la tierra o dentro del mar donde el hombre no pudiera encontrarla algún día. Entonces Brahma dijo: Esto es lo que haremos con la divinidad del hombre: la esconderemos en lo más profundo de su ser, porque es el único sitio donde nunca se le ocurrirá buscar. La leyenda cuenta entonces que, a partir de ese momento, el hombre dio la vuelta al mundo, exploró, escaló, excavó y se sumergió en todos los mares, en busca de algo que se encuentra en su interior. (Lair Ribeiro, “Viajar en el Tiempo”)
Así que un día “desperté” y opté por dejar de aceptar pensamientos, que si bien, la sociedad daba por buenos yo no. Entonces poco a poco se abrió una fisura en mi mente y empecé a recordar, empecé a escuchar lo que mi “interior” me decía, empecé a hacer caso a mi intuición, y me encontré con barreras difíciles de atravesar, pensaban que había cambiado, que no era la misma de siempre y, no se daban cuenta de que siempre había sido así, que antes no actuaba como en realidad sentía, mis errores básicamente fueron por omisión y sumisión y, como todo lo cuestionaba, para todo encontraba respuestas diferentes, no les gustaba en lo que “de pronto” me había convertido. Nunca es tarde si la dicha es buena, dice la sabiduría popular, pero lo que más siento es que tardé muchos años en hacerme fuerte y decir lo que pensaba sin importarme si a los demás les agradaba o no, muchos años para no tener sensación de culpa al no pensar como la mayoría, muchos años en encontrar el equilibrio entre los extremos. Me sentiría agradecida y muy feliz si tú consigues empezar antes, no cierres la posibilidad a una verdad que no sea la de los demás. Qué alivio no tener que justificarme por lo que decía, no me importaba lo que los demás pensasen, simplemente sentía que “mi verdad” era lo mejor para mí, era lo que me llevaría a las respuestas de mis preguntas. El sendero hacia el conocimiento no es sencillo, nada realmente valioso se obtiene sin esfuerzo y, nada que merezca la pena es fácil. No existen cosas tales como “dones” o “suerte”, todo lo que uno tiene es el resultado de su esfuerzo. Lo que a uno le falta en comparación con otro, está latente en sí mismo y puede desarrollarse empleando los medios apropiados. Si hubieras comprendido bien este concepto, te preguntarás qué es lo que se debe hacer para obtener el conocimiento, creo que el siguiente relato te dará una idea.
Un joven fue a ver un sabio cierto día y le preguntó: señor, ¿qué debo hacer para convertirme en un sabio? El sabio no contestó. El joven, después de haber repetido su pregunta cierto número de veces con parecido resultado, lo dejó y volvió al siguiente día con la misma demanda. No obtuvo tampoco contestación alguna, y entonces volvió por tercera vez y repitió su pregunta: ¿qué debo hacer para convertirme en un sabio? Finalmente el sabio lo atendió y se dirigió a un río que por allí corría. Entró en el agua llevando al joven de la mano. Cuando alcanzaron cierta profundidad, el sabio se apoyó en los hombros del joven y lo sumergió en el agua, a pesar de sus esfuerzos para desasirse de él. Al fin lo dejó salir, y cuando el joven hubo recuperado el aliento, el sabio interrogó: Hijo mío, cuando estabas bajo el agua, ¿qué era lo que más deseabas? Sin vacilar contestó el joven: aire, quería aire. No hubieras preferido mejor riquezas, placeres, poderes o amor? ¿No pensaste en ninguna de esas cosas? No, señor, deseaba aire y sólo pensaba en el aire que me faltaba, fue la inmediata respuesta. Entonces, dijo el sabio, para convertirte en un sabio debes desear la sabiduría con la misma intensidad con que deseabas el aire. Debes luchar por ella y excluir todo otro fin de tu vida. Debe ser tu sola y única aspiración, día y noche. Si buscas la sabiduría con ese fervor, seguramente te convertirás en un sabio. ¿Qué es lo que más deseas?, si tuviéramos la oportunidad de que se nos concediera un solo deseo, pocas personas sabrían de verdad qué es lo que pedirían. ¿sabrías tu decirlo?
Y más o menos, todo empezó así…
No es cuestión ahora de contar mi historia, la verdad es que mi vida me parecía un desastre (La palabra desastre viene de dis: privación y astro, apartado de los astros), no tengo por menos que decirte que era un mal momento en mi vida, uno de esos momentos difíciles que todos tenemos, me sentía sola, triste, sin rumbo, sin objetivo personal alguno, estaba rodeada de gente pero me sentía sola y mis pensamientos estaban lejos, entonces no conocía un proverbio lapón que dice: Una gema no se pule sin fricción, ni un hombre se perfecciona sin pruebas, no sabía tantas cosas… Es curioso yo lo he llamado un mal momento y realmente fue lo mejor que me pudo pasar, porque gracias a esa etapa difícil de mi vida, hoy pienso como pienso y soy como soy, me agrada la evolución que he tenido, estoy feliz de haber llegado hasta aquí, y de ser como soy ahora. Es una sensación magnífica, gratificante, me hace sentirme fuerte y sobre todo me proporciona paz. Una tarde, sentada en un sillón, compadeciéndome y sin poder parar las lágrimas que se deslizaban de mis ojos, me quedé medio dormida y tuve… ¿un sueño?, percibí cerca de mí una imagen llena de luz que me dijo: tú así lo quisiste, tú lo elegiste, tú quisiste vivir estas experiencias. En aquel momento no comprendí nada, y aún así lo percibí como cierto, hizo que me sintiera bien, tranquila y con fuerzas para seguir. ¿a qué se refería?, ¿cómo voy yo a pedir vivir experiencias desagradables?, eso era absurdo, incomprensible, pero fue cuestión de tiempo el comprenderlo. Me sentía mal, triste y por “casualidad” un amigo que percibió cómo me sentía me sugirió que la Quiromancia quizás me ayudase y fui a que me leyeran mis manos. Lo cierto es que no le fue fácil, con el tiempo me di cuenta que nadie podía leer mis manos, de hecho más de una persona me las ha cerrado al verlas diciéndome que no podía y los que “supuestamente podían” hacían una lectura sobre las personas que me rodeaban, nunca sobre mí. Pero lo que sí me dijo era que tenía un potencial importante para el ocultismo. Y, fuera cierto o no, qué mas da, era un camino como otro cualquiera, yo necesita dirigir mis pasos hacia un lugar que no sabía dónde se encontraba, ¿por qué no empezar por este?, ahora pienso que Dios de alguna forma te va cerrando puertas para dirigirte exactamente donde debes ir. Ya conoces esta frase: Dios escribe derecho por renglones torcidos.

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