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Archive for 10 noviembre 2013

FLORES DE BACHEste es un resumen de cómo Edward Bach descubrió los benéficos efectos de las flores, partiendo de su creencia en que había que tratar al enfermo y no a la enfermedad.
Edward Bach nació el 24 de setiembre de 1886, en Moseley, un pueblo a cinco kilómetros de Birmingham, Inglaterra. Creció en una campiña que fue determinante para la formación de su carácter y la elección que debía efectuar de adulto. Era un enamorado de la naturaleza, antes que jugar con sus amigos él prefería aislarse y pasear por las orillas del río, permaneciendo durante horas contemplando la corriente de sus aguas. Para él, todas las cosas tenían un alma: las plantas, los pájaros, las hierbas, los troncos de los árboles. Todo parecía hablarle en un lenguaje sutil y misterioso, que sólo él podía entender. Se sentía tan próximo a todo lo creado que cualquier ser suscitaba en él una profunda compasión. A los seis años decidió: “seré médico”, lejos de ser una simple frase, un sueño infantil, fue una decisión que condicionó toda su vida. Bach soñaba con una medicina formada por curas sencillas, en lugar de los métodos de la medicina tradicional, de cualquier manera su carrera de medicina la cursó en la universidad de Birmingham y después prácticas en el Hospital Escuela de la Universidad de Londres, donde se licenció en 1912.
Bach destacó y ascendió rápidamente, pero las desilusiones llegarían a ser mayores que las satisfacciones; con su enorme sensibilidad, Bach no tardó en darse cuenta de que la práctica médica era mecánica y despersonalizada ya que sus compañeros se centraban en las enfermedades, en los síntomas, en las curaciones, pero a menudo ni siquiera recordaban el nombre del paciente ni tenían en cuenta ni la personalidad ni las necesidades emocionales de aquellos. Bach llegó a la conclusión que cada ser humano es en sí un mundo aparte, y que lo que había que curar era al enfermo y no a la enfermedad. Por este motivo, unas medicinas eran eficaces para ciertos pacientes pero inútiles para otros. Bach abandonó la unidad de cirugía del Hospital Escuela y se dedicó a la investigación bacteriológica. El resultado fue alentador, descubrió que en el estómago de algunos enfermos crónicos habitaban unas bacterias particulares, totalmente ausentes o presentes en cantidades mínimas en el estómago de las personas sanas. Con estas bacterias, Bach preparó una vacuna que inyectó a algunos pacientes. Curaron todos y hasta desaparecieron los trastornos más difíciles de eliminar, como los dolores de artrosis y reumatismo. A este descubrimiento siguieron otros. Sobre el problema de la dosificación y el ritmo a que debían administrarse tales vacunas, Bach trabajó toda su vida. El estudio de las vacunas iba dando óptimos resultados, pero Bach no se hallaba demasiado satisfecho ya que algunos enfermos no respondían al tratamiento. Su encuentro con la homeopatía llegó al leer casualmente el Organon de Samuel Hahnemann, fundador de la homeopatía, quedó aturdido: un siglo antes Hahnemann había descubierto la relación existente entre las enfermedades crónicas y la toxemia intestinal. Pero a diferencia de Bach, Hahnemann no curaba las enfermedades con los gérmenes, sino con hierbas, plantas y musgos. También usaba veneno y metales, aunque en cantidades infinitesimales y, sobre todo había un aspecto común entre los dos, tanto Hahnemann como Bach opinaban que era necesario tratar al paciente y no a la enfermedad.
Bach se entusiasmó: si lograba combinar el descubrimiento de Hahnemann con los propios, los beneficios serían inmensos. Gracias a la homeopatía, Bach consiguió preparar nuevas vacunas que no era ya necesario administrar por vía sanguínea sino oralmente. Estas vacunas, llamadas “nosodes”, resolvieron con éxito centenares de casos de enfermedades crónicas.
Pero Bach aún no estaba satisfecho, dividió a las bacterias responsables de las enfermedades crónicas en siete grupos y empezó a analizar las características comunes de las personas que necesitaban la misma vacuna. De ahí derivaron siete tipos psicológicos, siete perfiles humanos distintos. De esta manera, Bach inició los interrogantes de si a cada enfermedad correspondía un determinado estado de ánimo, uno de los siete tipos psicológicos que había individualizado. Era una idea revolucionaria, pero Edward Bach aún se formuló otra pregunta: ¿Y si fuese al revés? ¿Si fuese el estado de ánimo el que provoca la enfermedad?
Por el momento era una hipótesis fantástica. Bach se la guardó para sí pero continuó trabajando en ella, mientras el mundo de la medicina, aunque sin gran entusiasmo, concedía cierto interés a sus vacunas. “Los siete nosodes de Bach”, como los llamaron, se utilizaron en Inglaterra, Norteamérica y Alemania, y no sólo en la medicina homeopática sino también en la alopática. Los años siguientes fueron ricos en descubrimientos. Bach decidió profundizar en sus estudios, sobre todo en el aspecto psicológico de las enfermedades, y abandonó el hospital de la Universidad, prosiguiendo sus trabajos en el Hospital Homeopático de Londres.
Un día de septiembre de 1928, como obedeciendo a un impulso, Bach se desplazó de improviso a Gales, y reanudó sus largos viajes por la campiña de sus antepasados. Entre otras, cogió dos flores: el mímulo amarillo y la impaciencia, con las cuales preparó nosodes según el mismo método que había utilizado cuando usó las bacterias. La misma intuición que lo había guiado cuando eligió las dos flores también lo guió en la prescripción. Para decidir a qué pacientes debía administrar esos remedios, Bach se dejó llevar por la semejanza entre las flores y los individuos. De esta manera administró el mímulo, flor de aspecto tímida y asustadiza, a un paciente que padecía de pequeños temores. Y la impaciencia, una flor de gran nerviosidad que proyecta sus semillas a varios metros de distancia, la aplicó a un individuo de modales más bien rudos y ásperos. Los resultados fueron inmediatos. Muy satisfecho, Bach empezó a curar a sus pacientes con ambas flores, a las que añadió una tercera, la clemátide. Pero la nueva terapia sólo resultaba eficaz con aquellos pacientes que poseían unas características comunes a las flores que les curaba.
Bach, entonces, decidió dedicarse por completo a la búsqueda de otras flores que tuvieran la misma eficacia terapéutica que las que ya había encontrado. Estaba totalmente convencido de poder sustituir todo lo que obtenía de las bacterias por esencias simples extraídas de las flores.

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