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Archive for 19 febrero 2011

Soy una de esas personas bendecidas por el don de la fe, fe en Dios y fe en los hombres, y este artículo que quiero compartir con vosotros es la prueba que hay muchos seres de la nueva generación que se preocupan y les importa algo más que una vida material y vacía, personas que tienen la inquietud de “despertar”, se esfuerzan por mejorar su alma y tienen la inquietud de ayudar a los demás. Sócrates dijo: ¿No te parece vergonzoso cómo te preocupas por las riquezas, los honores y, en cambio, no te preocupas ni te interesas por la inteligencia, por la verdad y por como mejorar tu alma? y también dijo: “habla para que yo te conozca” Borja ha hablado y merece la pena escucharlo (en este caso leerlo)

El examen del triple filtro

En numerosas ocasiones caemos en conversaciones que derivan en críticas, chismorreos, medias verdades, interpretaciones parciales y juicios vanos y gratuitos de lo más despiadados. Es como si nos convirtiésemos en verdugos e hiciéramos pasar a algún conocido, amigo o familiar por el cadalso, camino de una pendular experiencia con una soga, a paso lento, empujado por sordos golpes de tambor en agónico redoble. Sin posibilidad de defensa, con el comentario de uno, se enciende el otro y el de más allá, que un cuarto, con una aportación extra, agranda la onda expansiva de la opinión y acabamos entrando todos al trapo, volviéndonos locos en un mar de críticas sobre una “víctima” acorralada, indefensa y además ausente por lo general.

La historia que ahora comparto con vosotros, se cuenta de Sócrates, y pido que la tengamos presente cuando en nuestro entorno y/o en las reuniones sociales en las que participemos, estemos en la tentación de caer en el juicio fácil, la crítica, el despellejamiento público o la simple “maledicencia” de quien sea. La historia dice así:

En la antigua Grecia, Sócrates fue famoso por su sabiduría y por el gran respeto que profesaba a todos. Un día un conocido se encontró con el gran filósofo y le dijo:

¿Sabes lo que escuché acerca de tu amigo?

Espera un minuto -replicó Sócrates-. Antes de decirme nada quisiera que pasaras un pequeño examen. Yo lo llamo el examen del triple filtro.

¿Triple filtro?

Correcto -continuó Sócrates-. Antes de que me hables sobre mi amigo, puede ser una buena idea filtrar tres veces lo que vas a decir, es por eso que lo llamo el examen del triple filtro.

El primer Filtro es el de la Verdad. ¿Estás absolutamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto?

No -dijo el hombre-, realmente solo escuché sobre eso y…

Está bien -dijo Sócrates-. Entonces realmente no sabes si es cierto o no.

Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el Filtro de la Bondad. ¿Es algo bueno lo que vas a decirme de mi amigo?

No, por el contrario…

Entonces, deseas decirme algo malo sobre él, pero no estás seguro de que sea cierto.

 

Pero podría querer escucharlo porque queda un filtro: el Filtro de la Utilidad.

¿Me servirá de algo saber lo que vas a decirme de mi amigo?

No, la verdad es que no.

Bien -concluyó Sócrates-, si lo que deseas decirme no es cierto, ni bueno, e incluso no es útil ¿para qué querría saberlo?

Estoy convencido que si aplicamos estos filtros en nuestras conversaciones, nuestras relaciones sociales serían más limpias, más sanas y sobre todo más auténticas. El respeto cobraría fuerza y la aceptación del “legitimo otro” nos haría comprender cuan fácil es convivir y lo mucho que nos lo complicamos.

Cuando criticamos, estamos enjuiciando, y para enjuiciar hacen falta pruebas, hechos, datos concretos y específicos, veraces y contrastables… no valen interpretaciones convenidas, otros juicios tomados de terceras personas y emitidos como propios. Seamos responsables en nuestras relaciones, juguemos limpio. Muchas veces un silencio puede decir mucho más y compromete mucho menos.

¡Sé el cambio que quieres en el mundo!… como decía Ghandí.

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Cuando pensabas que no te veía, te vi pegar mi primer dibujo al refrigerador, e inmediatamente quise pintar otro.

Cuando pensabas que no te veía, te vi arreglar y disponer de todo en nuestra casa para que fuese agradable vivir, pendiente de detalles, y entendí que las pequeñas cosas son las cosas especiales de la vida.

Cuando pensabas que no te veía, te escuché pedirle a Dios y supe que existía un Dios al que le podría yo hablar y en quien confiar.

Cuando pensabas que no te veía, te vi preocuparte por tus amigos sanos y enfermos y aprendí que todos debemos ayudarnos y cuidarnos unos a otros.

Cuando pensabas que no te veía, te vi dar tu tiempo y dinero para ayudar a personas que no tienen nada y aprendí que aquellos que tienen algo deben compartirlo con quienes no tienen.

Cuando pensabas que no te veía, te sentí darme un beso por la noche y me sentí amado y seguro.

Cuando pensabas que no te veía, te vi atender la casa y a todos los que vivimos en ella y aprendí a cuidar lo que se nos da.

Cuando pensabas que no te veía, vi como cumplías con tus responsabilidades aún cuando no te sentías bien, y aprendí que debo ser responsable cuando crezca.

Cuando pensabas que no te veía, vi lágrimas salir de tus ojos y aprendí que algunas veces las cosas duelen, y que está bien llorar.

Cuando pensabas que no te veía, vi que te importaba y quise ser todo lo que puedo llegar a ser.

Cuando pensabas que no te veía, aprendí casi todas las lecciones de la vida que necesito saber para ser una persona buena y productiva cuando crezca.

Cuando pensabas que no te veía, te vi y quise decir: ¡Gracias por todas las cosas que vi, cuando pensabas que no te veía!

“NO TE PREOCUPES PORQUE TUS HIJOS NO TE ESCUCHAN… TE OBSERVAN TODO EL DIA”.

Madre Teresa de Calcuta

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