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Archive for 19 septiembre 2010

Y un joven dijo: Háblanos de la Amistad

Y él respondió, diciendo: Vuestro amigo es la respuesta a vuestras necesidades.

Es vuestro campo, que sembráis con amor y cosecháis con gratitud.

Y es vuestra mesa y, el fuego de vuestro hogar.

Porque acudís a él para saciar vuestra hambre y lo buscáis en procura de paz. Cuando vuestro amigo revela su pensamiento, no teméis el “no” en vuestra propia mente, ni retenéis el “sí”.

Y cuando él guarda silencio vuestro corazón no cesa de escuchar a su corazón.

Porque en la amistad, todos los pensamientos, todos los deseos, todas las expectativas, nacen sin palabras y son compartidos con callado gozo.

Cuando os separáis de vuestro amigo lo hacéis sin aflicción; porque lo que más amáis en él puede ser más diáfano aún en su ausencia, como para el alpinista la montaña aparece más despejada desde la llanura.

Y dejad que en la amistad no exista otro propósito que el de profundizar el espíritu.

Porque el amor que busca otra cosa que no sea la revelación de su propio misterio, no es amor, sino una red tendida y, solamente lo inútil es pescado.

Y procurad que lo mejor de vosotros sea para vuestro amigo.

Si debe conocer vuestra bajamar, dejadlo conocer también vuestra pleamar.

Porque ¿qué amigo es aquel que tuvierais que buscar para matar las horas?

Buscadlo con horas para vivir.

Porque es misión suya llenar vuestra necesidad, pero no vuestra vaciedad.

Y que en la dulzura de la amistad haya lugar para la risa y para los placeres compartidos.

Porque en el rocío de las pequeñas cosas el corazón encuentra su mañana y toma su frescura.

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Un hombre paseaba por el bosque cuando se encontró con un zorro herido; la pobre criatura se había roto las cuatro patas mientras intentaba huir de un cazador. Estaba tan malherida que ni siquiera podía moverse para buscar comida. El hombre sintió lástima por el animal y decidió acercarse a él, pero mientras lo hacía vio un gigantesco oso que se asomaba entre los árboles arrastrando los despojos del animal que acababa de devorar. Al oso pareció no interesarle el zorro, de hecho, dejó caer parte de los despojos cerca del zorro y se marchó en busca de otro animal que llevarse a la boca. El zorro se abalanzó sobre la carne con enorme ansiedad.

Al día siguiente el hombre volvió al bosque y, vio que una vez más el oso había dejado un apetitoso bocado cerca del famélico zorro y, de nuevo vio como el zorro se abalanzaba sobre  la comida. El tercer día, volvió al bosque y vio que la escena se repetía. El hombre reflexionó sobre lo que había visto y se dijo:

Si Dios se preocupa tanto por el zorro ¿cuánto más se preocupará por mí? Mi fe no ha sido lo suficientemente fuerte, debo aprender a confiar en Dios con la misma intensidad que el zorro. Acto seguido el hombre se arrodilló en el bosque y con la mirada puesta en el cielo exclamó: Señor, el zorro me ha demostrado lo que es tener fe en ti, a partir de este momento me entrego a ti en cuerpo y alma. Confío en que me cuides como el oso cuida al zorro.

Dicho esto, el hombre se tumbó en el suelo a la espera de que Dios se ocupara de él. Transcurrió un día y no sucedió nada, comenzó a tener hambre, pasó el segundo día y nada acontecía, el hombre empezó a mosquearse; el tercer día cuando no había ni rastro de Dios, el hombre se enfadó y, mirando al cielo exclamó:

Señor quieres a ese zorro más que a mí. ¿por qué no te preocupas de mí con lo mucho que yo confío en ti? ¿por qué no me alimentas?

Por fin el hambre obligó al hombre a volver al pueblo. En una de las calles se topó con un niño hambriento. No pudiendo contenerse le manifestó a Dios su ira: ¿por qué no haces nada para ayudar a este pobre niño hambriento?

Ya lo he hecho, le respondió Dios. Te he creado a ti para que le ayudes; pero has decidido seguir el ejemplo del zorro y no del altruista oso. (fábula árabe)

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