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Archive for 24 mayo 2010

Qué difícil hacen algunos la convivencia diaria, sobre todo en el hogar. En nuestra mano está el poder vivir de manera armoniosa, ¿por qué ciertas personas hacen de la convivencia un martirio? La convivencia es fácil si se desarrolla en un ambiente de generosidad y respeto,  cada uno tiene que aportar su “granito de arena” es hoy por ti y mañana por mí; así habrá serenidad y  paz todos los días. Cuando formes tu primer hogar, si no quieres ser siempre tú la persona que haga determinadas cosas, ya sabes, en las comunidades no muestres tus habilidades, las costumbres se hacen leyes. Y si las circunstancias te obligan a renunciar a tu hogar, no te preocupes en demasía, nada material es comparable con la paz del alma, termina,  para así no repetir, tal como dice Herman Hesse en su libro Siddartha:  Todo lo que no se termina de sufrir o no se resuelve hasta el final, se repite; siempre se vuelven a sufrir las mismas penas. ¿Y tu no querrás repetir verdad? Deja que la otra persona actúe como considere, pero tú hazlo bien, ¿para qué sufrir por bienes materiales que no puedes llevarte en tu viaje final?. Esto no significa que no luches honestamente por lo que te pertenece, pero piensa que muchas veces perdiendo se gana. Una casa no es un  hogar, el hogar lo “construirás” tú en cualquier parte,  una casa puede ser sólo un habitáculo, no te apegues a unas paredes, sólo por el valor material que puedan tener. En las tradiciones más antiguas, los genios eran los espíritus de pueblos desaparecidos, que actuaban de noche y se escondían al despuntar el día. Otras tradiciones dicen que son seres de fuego. En todos los casos se trata de seres con características de duendes y otros seres mitológicos elementales de la naturaleza; que pueden, según su talante, atacar o ayudar al ser humano. Como curiosidad te diré que en la mitología romana creían que cada casa, familia, individuo o ciudad tenían su propio Genio (Espíritu protector). El Genio recibía un culto especial como dios del hogar porque se creía que otorgaba fortuna y dotes intelectuales a sus devotos, por esta razón, la palabra llegó a designar a una persona con dotes intelectuales no comunes.  La gran adoración que el pueblo indio profesaba a la turquesa les llevaba a emplazar algunas piezas de la misma en los dinteles de las puertas para guardar sus hogares de las malas entidades psíquicas. En la mitología griega, Hestia es la diosa del hogar, llamada en la mitología romana Vesta. En la mitología romana, a los Lares, dioses del hogar, se les veneraba representados en forma de pequeñas estatuas que se colocaban tanto dentro como fuera del hogar, en altares llamados lararia, y se realizaban ofrendas o se les rendía oración. Otros seres relacionados con el hogar son por ejemplo: el duende Kobold, de la mitología germana, realizaban las tareas del hogar cuando sus dueños no estaban en ella a cambio de los restos de comida, vengándose de ellos si no se les dejaba alimentos. Un duende de la mitología extremeña, en este caso femenino, es Pomporrilla, una duendecilla traviesa que le gusta confundir a los habitantes de la casa cambiando las cosas de su sitio y produciendo ruidos extraños. Perteneciente a la mitología asturiana está un duende travieso y muy inquieto, muy apegado a los dueños de la casa donde habitan, tanto que si se cambian de casa, al poco tiempo se van con ellos a la nueva vivienda siendo muy difícil deshacerse de él, se le conoce como Trasgo. Otro duende doméstico es  Trastolillos, es travieso y juguetón, que al igual que Pomporilla, le gusta esconder las cosas, abrir las ventanas, beberse la leche, trastadas que le causan mucha risa, aunque en el fondo no deja de ser como todos los demás protectores del hogar. En realidad, estos seres invisibles en nuestro mundo terrenal, son todos de la misma familia, pero conocidos por diferentes nombres según la cultura, mitología o tradición de cada país. Grigg es la diosa del hogar en la mitología escandinava y en la mitología egipcia, la misión de proteger el hogar pertenecía a diosa Bastet.

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He tenido recientemente una charla con una persona que me dice que a pesar de no sentirse feliz con su manera de actuar, no puede cambiar su actitud, que son muchos los años que lleva practicando una conducta aprendida desde joven y que es una locura pensar que a sus años pueda modificar su actitud. A lo que le replico que en algún momento de nuestra vida tenemos que empezar a tomar las riendas de nuestra vida, comenzar a pensar por nosotros mismos, desaprender y darnos cuenta que a pesar que nos hayan dicho que  somos malos, vagos, inútiles, tontos, que no valemos para hacer esto o lo otro, que fracasaremos, no es así, no debemos creer a las personas malintencionadas o mal informadas lo que nos dicen. Existen personas que parecen arpías (en la mitología griega, las arpías eran monstruos alados con cabeza y pecho de mujer, y cuerpo y garras de aves de presa; en la creencia popular, eran agentes de la venganza divina) que no tienen ningún escrúpulo en herir humillar y menospreciar con la palabra a los demás sin darse cuenta que no hay herida más grave que la del ego roto, y ninguna que sane más lentamente. Somos buenos, inteligentes, válidos para cualquier cosa que nos propongamos, todo es cuestión de voluntad y de fijarnos un objetivo. Y si nos dijeran que nuestro objetivo es algo inalcanzable, que es una locura, les cuentas esto:

Érase una vez un rey muy querido cuyo castillo se erguía sobre una alta colina desde donde dominaba sus tierras. Era tan popular que los habitantes del pueblo vecino le enviaban regalos a diario y se festejaba su aniversario en todo el reino. La gente le quería por su sabiduría y la rectitud de sus juicios. Un día la tragedia sacudió la ciudad. La reserva de agua se contaminó y todos los habitantes, hombres, mujeres y niños, se volvieron locos. Solamente el rey, que tenía su propia fuente se libró.

Poco después de la tragedia, el pueblo “loco” de la ciudad se puso a hablar de las actitudes “raras” del rey, de la mediocridad de sus juicios y de su falta de sabiduría. Algunos incluso llegaron a decir que el rey se había vuelto loco. No tardó en perder su popularidad. Ya nadie le llevaba regalos, ni festejaba el día de su aniversario.

El Rey, solo en su alta colina, estaba privado de toda compañía. Un día decidió abandonar la colina y hacer una visita a la ciudad. Hacía calor aquel día y bebió de la fuente. Aquella misma tarde hubo una gran fiesta. Todo el pueblo estaba dichoso puesto que su queridísimo rey se había “curado de su locura”. 

No podemos cambiar el mundo, pero sí podemos cambiar nuestro entorno, nuestro pequeño universo, por algo hay que empezar, y ese algo somos nosotros mismos. El premio Nóbel de la Paz de 1952, Albert Schweitzer decía:

“el mayor descubrimiento de cualquier generación es que los seres humanos pueden alterar sus vidas modificando sus actitudes mentales”

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Inicialmente las primitivas celebraciones del día de la madre pueden ser remitidas a las fiestas de la Grecia antigua en honor a Rhea, Madre de todos los dioses.

Durante el siglo XVII, Inglaterra celebraba un día llamado “Domingo de Madres” en honor a las madres inglesas. Durante este tiempo, algunos pobres de Inglaterra trabajaban como siervos en lugares lejanos de sus casas. El “domingo de las madres” los siervos podían regresar a sus hogares para estar con sus madres. En esa festividad se preparaba una torta especial, llamada pastel de la madre y con ella se le daba un toque festivo a la celebración.

Con la expansión del cristianismo por toda Europa, la celebración se cambió y se ofreció en honor de la Madre Virgen, cuyo poder espiritual protegía a todos. Tiempo después, el “Domingo de madres” se celebró en honor a todas las madres e igualmente a la Virgen Madre.

En los Estados Unidos el día de la madre fue conocido primero en 1872 cuando Julia Ward Howe (compositora del himno de la batalla de la república), dedicó este día a la paz. La señora Howe organizó en un comienzo el día de la madre en Boston, posteriormente, en 1907, Ana Jarvis, una activista comunitaria, de Filadelfia, estableció el día de la madre el segundo domingo del mes de mayo.

Ana Jarvis contactó ministros, hombres de negocios, políticos para que decretaran esta fecha como fiesta nacional. El presidente Woodrow Wilson, en 1914, anunció oficialmente, que cada segundo domingo de mayo se celebraría el día de la madre.

Hoy muchas ciudades celebran esta festividad en diversas épocas del año, sin embargo, algunos países como Dinamarca, Finlandia, Turquía, Australia y Bélgica celebran también el día de la madre el segundo domingo de mayo.

Los antecesores del siglo XIX llamaban a la celebración “Día de las madres”, no “Día de la madre”. El plural es significativo: celebraban la extinción de los intereses e inquietudes de la mujer más allá del hogar. Conmemoraban los roles cívicos de las madres y sus servicios a la patria o la sociedad, no sus roles privados ni sus servicios personales a la familia. Las mujeres que organizaron el primer día de las madres creían que la maternidad era una fuerza política que debería ser movilizada a favor de toda la comunidad, no únicamente una expresión de un instinto fundamental que las llevó a dedicar todo su tiempo y atención a sus hijos. Recordemos a las madres de la plaza de Mayo, que reviven la verdadera tradición.

El primer llamado a un día de las madres lo realizó entonces Anna Reeves Jarvis, que en 1858 organizó los días del trabajo de las madres en Virginia Occidental para mejorar la sanidad pública en las comunidades apalaches, durante la Guerra Civil norteamericana, las mujeres que ella movilizó cuidaron a los heridos de ambos bandos y después de la guerra organizaron reuniones

Enviado desde Bucaramanga, (Colombia) por Cristina Usúaga, una amiga de este blog.

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