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Archive for 25 diciembre 2009

A la muerte del guardián de un monasterio budista, fue necesario buscar un substituto. El Gran Maestro convocó a todos sus discípulos para determinar quién sería el nuevo centinela. El Maestro les comunicó con mucha tranquilidad que asumiría el puesto el primer monje que resolviera el problema que iba a presentarles.

 Colocó una magnífica mesa en el centro del enorme salón donde se encontraban reunidos y, encima de ella puso un florero de porcelana muy raro, con una rosa amarilla de extraordinaria belleza adornándolo y solamente dijo: he aquí el problema. Todos se quedaron mirando la escena: el bellísimo florero de valor inestimable con la maravillosa flor en el centro. ¿qué representaría? ¿qué hacer? ¿cuál sería el enigma?

Mientras todos cavilaban sobre cómo acertar, en esos instantes, uno de los discípulos sacó la espada, miró al Maestro, a sus compañeros, se dirigió al centro de la sala y…

Zasssssssssssssssss destruyó el florero de un solo golpe. Inmediatamente regresó a su lugar ante la atónita mirada de sus compañeros.

El Maestro dijo entonces: “Tu serás el nuevo Guardián del Monasterio”

No importa cuán pequeño, grande, material, sentimental o bello sea el problema; un problema es un problema y debe ser eliminado. No debemos cargar con el peso de cosas que ya no tienen sentido para nosotros, que ya no nos valen aunque en su momento fueran buenas. Nada es para siempre.

 Dice un proverbio oriental que para beber vino en una taza llena de te, es necesario antes tirar el te para poder beber el vino.

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Lo que mejor describe a un mal nativo del signo de  Escorpio (los hay muy buenos, pocos, pero los hay) es la fábula del sapo y el escorpión. Un escorpión quería atravesar un río cuando de pronto vio a un sapo en la orilla del río; se acercó a él y le dijo: hola, quiero cruzar el río, ¿podrías ayudarme? ¿cómo? Le dijo el sapo. Me subo encima de ti y me cruzas al otro lado. Ni hablar, le dijo el sapo, me picarías antes de llegar a la otra y me moriré. Te prometo que no te picaré, si lo hiciera te hundirías y yo también me moriría. El sapo no estaba nada convencido, pero tanto le insistió el escorpión en que no le picaría que al final accedió.

Así, subió el escorpión encima del sapo y comenzaron a atravesar el río hacia la otra orilla, apenas quedaban unos pocos metros cuando de pronto el escorpión le picó al sapo, moribundo le dijo el sapo al escorpión: me prometiste que no me picarías. Lo sé pero no he podido evitarlo, es mi naturaleza.

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